Hay momentos en la vida en los que algo se mueve de forma tan profunda que ya no es posible seguir como antes. No siempre llega con aviso. A veces es una pérdida, una ruptura, una decisión que no se puede postergar, un cambio interno que no termina de explicarse con palabras. Lo cierto es que, después de ciertas experiencias, el orden interno que conocíamos deja de servir.
En esos momentos suelo pensar en una bodega que se ha inundado. No porque la bodega estuviera mal construida, ni porque hubiera desorden, sino porque algo externo irrumpió con fuerza. El agua entra, lo mueve todo, altera el lugar de las cosas, moja lo que estaba guardado, deja otras inutilizables y obliga a revisar cada rincón. No es caos gratuito: es consecuencia de un impacto.
Cuando atravesamos procesos intensos sucede algo similar. Las emociones se mezclan, las certezas se debilitan, aparecen preguntas nuevas y lo que antes funcionaba ya no alcanza. Pretender “volver a la normalidad” rápidamente es como querer acomodar una bodega sin antes sacar el agua: todo se ve igual por fuera, pero por dentro sigue húmedo, inestable, sin sostén real.
El trabajo interno empieza justamente ahí. En detenerse. En aceptar que primero hay que vaciar, limpiar, revisar. Ver qué se arruinó, qué todavía sirve, qué necesita transformarse y qué ya no tiene sentido conservar. No para descartar por descartar, sino para darle a cada cosa un nuevo lugar según quiénes somos ahora, después de lo vivido.
Este proceso rara vez es lineal o cómodo. Implica duelo, porque cerrar etapas también duele. Implica paciencia, porque no todo se ordena al mismo tiempo. E implica honestidad, porque muchas veces descubrimos que estamos sosteniendo cosas que ya no nos representan.
Desde ahí se sostiene mi manera de acompañar. Un trabajo que cruza tres dimensiones que no pueden separarse:
lo energético, para comprender cómo se mueve lo interno y recuperar equilibrio;
lo tanatológico, para acompañar los cierres, las pérdidas y las transformaciones profundas;
y lo creativo, como espacio para resignificar, expresar y abrir nuevos caminos cuando las palabras no alcanzan.
Por eso enero no es, para mí, un mes de comienzos forzados. Es un tiempo de transición, de observación, de limpieza interna. Un mes para preparar el terreno más que para sembrar. El verdadero inicio simbólico del año llega con la entrada del Sol en Aries, alrededor del 20 de marzo, cuando la energía vital vuelve a impulsarnos hacia afuera y lo nuevo puede tomar forma con mayor claridad.
Llegar a ese momento con el espacio interno más ordenado, aunque no perfecto, cambia completamente la manera de empezar. No se trata de hacer más, sino de hacerlo desde un lugar más consciente, más propio, más alineado con lo que realmente somos hoy.

